El Estigma


un circo Casero (04/1997)
16/04/97, 12:20 am
Filed under: Notas & Entrevistas

Fuente: Revista Inrockuptibles – Fecha:04/1997

En algo se parece Alfredo Casero a esos diminutos navegantes del submarino amarillo que arrojaban música y colores hasta por las orejas. Sólo que su producción, múltiple y dispar, se torna a veces extraña, y aún inalcanzable. Después de lanzar al espacio Alma de camión —un disco de digestión algo difícil y musicalización a cargo de una inverosímil kerosene light orchestra— vuelve al ruedo televisivo para montar una carpa electrónica con dos pistas simultáneas: Cha cha cha, la parrilla del señor, versión corregida y aumentada del ciclo que el año pasado estuvo signado por el estigma del doctor Vaporeso, y Muenas Nochex, una novedad con ambientación nocturna y sensual. El hombre que está detrás de todo esto dice su palabra y de pronto hace plop, como en el circo.

Entrevista Luis Gruss

Antes de ser payaso fue buzo de aguas claras y podridas. Fue también obrero telefónico, mecánico en Parque Patricios, adiestrador de perros en La Reja, un tiro al aire enrarecido del mundo. Si ahora no fuera cómico, actor, comediante o como se lo llame, Alfredo Casero tal vez sería periodista. O vendería corpiños en la densa madrugada del Once. O se lo vería con un megáfono al lado del Obelisco anunciando la fecha exacta del apocalipsis. Es difícil imaginar el oficio preciso de un hombre que hoy es un conejo surgido de una galera de mago y mañana un zorro que se come al conejo y después eructa y hasta vomita para horror de las damas de caridad. “A mí me pasa una cosa rara: los actores dicen que no soy actor, los cómicos dicen que no soy cómico, los músicos que no soy músico y los cantantes que no soy cantante. Pero a mí me parece que todos ellos son una manga de pelotudos. Está bien, me la creo, soy un ente, un loco, pero más allá de todo eso, soy un tipo que tiene cosas para decir. No habría algo peor para mí que despertarme un día convertido en Llamas de Madariaga. Sería peor que La metamorfosis de Kafka. Y no porque sea feo ser Llamas de Madariaga, sino porque dentro de todo lo que se oculta en ese nombre sospecho que no debe haber nada romántico.”
El escenario de este discurso interminable y torrencial es una calle cualquiera de San Isidro. La fotógrafa —vestida de negro y dispuesta a todo como una enfermera— ha montado un sofisticado set a la intemperie para que el entrevistado se luzca tal cual es, sin necesidad de maquillaje o nariz roja de payaso. Verlo en acción es acercarse un poco a su estética de lo espontáneo y lo deliberadamente imperfecto. Casero vuela con alas de mariposa. Casero mira a la cámara con ojos asesinos. Casero llora, se ríe, sube a una silla, hace equilibrio sobre un alambre invisible, se asoma feroz por la ventanilla de un auto, se para en puntas de pie como una bailarina clásica. Intenta incluso seducir a la fotógrafa con la insolencia de un recién nacido y la inocencia de un pervertido. “Las mujeres son divina —improvisa de nuevo. Me encanta que hagan la suya, y es más, yo trabajo con muy buenas mujeres comediantes. Los payasos somos todos hombres, necesitamos la madre, nos caemos, nos golpeamos, berreamos. Pero la mujer no puede hacer eso. Ella es como la mami, la esposa, el vientre que hay que cuidar. Por eso una mujer puede llegar a ser buena comediante, pero nunca cómica.”
Nunca se entienden del todo las explicaciones del doctor Vaporeso. Uno trata de interrumpir su monólogo en algún momento, o de reducir a claridad algunos de los temas tratados. Pero es inútil y, además, es aburrido. El entrevistado se va a levantar, va a dar vueltas y más vueltas alrededor del piano de cola del estudio, se va a sentar en el piso o va a caminar por las paredes. De pronto, tras un silencio que no dura ni una milésima de segundo —tan poco margen queda para respirar o introducir algún bocadillo que raramente será siquiera percibido por el interlocutor— la entrevista se trastoca. Fabiana Cantilo, una rubia con lunar y boca maravillosamente grande, entra como una tromba en la habitación. Repartiendo besos y risas por todas partes, se suma inesperadamente a la reunión. Alguien ordena unas pizzas y unas cocas. Cantilo se pone a tocar el piano. “Voy a componer un tema”, anuncia solemnemente en un virtual raptus de inspiración. Pero enseguida se pregunta a sí misma en voz muy alta: “¿Cómo voy a componer un tema si de música no sé nada?”. Casero celebra la confesión y le propone un trabajo actoral, acaso un sketch para concretar en los próximos días. “Nosotros somos pareja —la amenaza como para ponerla en situación—. Pero con tus viejos y mis viejos todo mal, se arma un quilombo de la san puta, y nosotros dos en el medio.” Más piano, más pizza y más champán, y el monólogo continúa a raíz, esta vez, de la locura. “Yo estuve verdaderamente loco, pero a los 17 años. Loco como un plumero. Pero salí solito, como dicen todos los boludos. Creo que dolor y locura son las palabras más terribles que conozco. La locura es la oscuridad total, es un estado de máximo dolor. En esa época decidí caer en el teatro como remedio para mis males, y lo que sucedió es que acrecenté esos males, ya que en realidad el mal más grande que uno tiene es ser artista.” Una y otra vez Casero se ve obligado a montar un show para entretener a íntimos y extraños. Lo peor de todo es que lo hace bien. Y lo peor de todo, además, es que no sabe cómo parar. “Estaba muy mal, —dice a manera de cierre—. Ahora estoy tranquilo.” Ahora el diálogo se aquieta. Afuera hay una luna más grande que una casa de San Isidro. Y Casero recuerda la emoción que sintió cuando a la edad de seis o siete años vio a Neil Amstrong caminando como sonámbulo en medio de los baches lunares. “Eso me rompió la cabeza, —cree recordar—. Pero como yo no sabía volar, me dediqué al buceo, que también es una forma de sobrevolar un lugar sin mancharse con tuco.”…


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