El Estigma


Nota a Alfredo Casero de la revista Nueva (1998)
02/09/98, 5:27 pm
Filed under: Notas & Entrevistas, Varios

Fuente: Revista Nueva – Fecha: 1998

—Viajo a Madryn todas las semanas, tomo el avión y pago como un duque. De lunes a viernes estoy allá y sábados y domingos trabajo en Buenos Aires. Es una gran decisión: es que 1998 fue terrible. Levantaron mi programa (Cha-cha-cha, América TV) y me di cuenta de que estuve años sin tomar vacaciones. Entonces fui para el sur y empecé a gozar. Tengo un camión de guerra, M-37, modelo 79. Y voy a una especie de ventisquero natural, en medio de la nada. Viajo con mis amigos, el Popeye Goiti y Pinino, gran avistador de ballenas. Este lugar, que nadie pisó en miles de años, es una especie de montaña de 50 kilómetros de altura. Se llama la Bola Morley. De lejos te miran los guanacos y ya no podés hacerle daño a nadie…

—¿En vacaciones uno tiene obligación de divertirse?

—Uno tiene la obligación de divertirse siempre que puede.

—¿Qué debe hacer un turista para pasarla bien?

—Reírse, primero. Y no dejar hablar a la mujer, segundo. A ella hay que decirle: “Llevá las cosas que quieras, pero cargálas vos. ¿Querés la lámpara de pie? ¿El repasador ése? Y bueno, lleválo”. Claro que, después, tendrá que aguantar cuando ella le diga: “Ah, cómo usás el repasador, ahora que la estúpida lo trajo”.

—¿Qué debe llevar a Madryn un buen turista?

—Un buen parche para las cubiertas.

—Un mensaje para los turistas jóvenes…

—No rompan nada. Dejen tranquila a la gente. Aprendan a ser sigilosos si van de paso y, si quieren quedarse para siempre, piénsenlo dos veces.

—Hay turistas que vienen de un lugar y dicen: “Ahí no pasa nada”. ¿Qué debería pasar?

—Lo que ellos esperan. Creen que van a Mar del Plata y se van a encontrar a los Campanelli, o a Pepito Marrone, de traje blanco, caminando por San Martín con Juanita Martínez. Imaginan cosas que ya no hay. Y otras que sí hay: por ejemplo esos copetines con 50 platitos horrorosos que sirven en la rambla. Hay que entender que la desesperación por vender y mantenerse está en todas partes. También en Bariloche, donde los micros van por caminos de cornisa a velocidades muy locas. Cuando estuvimos en el Llao-Llao, mis hijos vivían aterrorizados.

—Hablando de chicos. Días pasados, en la tele, le preguntaron a una nena qué vas a ser cuando seas grande. Y respondió: “Turista”.

—La nena, con eso, se divirtió. No puedo hablar porque no soy turista. Y menos de chico, porque fui muy pobre. Ahora las cosas cambiaron: debo haber sido millonario varias veces y me lo gasté. Ya no cambio dinero por vida. Viviendo en la Patagonia gasto unos tres mil pesos mensuales, con viajes y comida.

—La casa que se elige para vacaciones: ¿es un mecanismo o un organismo?

—Hay gente que, si la casa tiene dos floreros blancos, compra un perro blanco y lo pone en el medio, para que haga juego. Nunca piensan de qué sirve un auto de cien mil dólares si no hay asfalto. El tipo que toda su vida soñó con tener una vereda, cuando la tiene la pone en cualquier lado, asfalta arriba de los árboles. La casa es un mecanismo. La gente que va a vivir en ella es un organismo. Mi casa no, porque es un club privado. Somos siete personas. La única mujer es la mía. Otras no se quisieron enganchar.

—¿Se puede ser un turista del amor?

—Claro, hombre. Hay mujeres que turistean mucho en cosas del amor. Muchas están con vos y después trabajan en situaciones gubernamentales, o se hacen descerrajar vaya a saber qué cosas en otros lugares, por ejemplo en Cuba.

—Una sexóloga habla de “turistas de la caricia”. Varones que tocan en un lugar, está todo bien, pero en vez de quedarse ahí pasan a otro, y otro…

—No es mi caso. Yo tengo largas quedadas en cada lugar. En cada lugar que toco, me caso.

—¿Hay que llevar los animales cuando uno se va de vacaciones?

—Diría que sí. Tengo dos perros, Leoncio, que viaja conmigo en jaula y, allá, una perra, muy loca, que se llama “La Rubia”: tiene dos hijos de su primera pareja. Pero donde vivo tengo todos los animales: aves voladoras, seres raros que iban por la mitad del mar, se perdieron, y quedaron allí, en una especie de reserva natural con plantas y agua.

—La casa que uno alquila para las vacaciones suele ser más chica que la que vive. Además, se invita a familiares y amigos. ¿Cómo se evita el hacinamiento?

—Primero está el goce de compartir. Pero no hay que caer en la casilla rodante autoportante, que tiene todo: bidet, lavatorio, etcétera. No se puede llevar los suegros, la tía, los amigos, todo. Soy un gran invitador a mi casa. Pero es como dice el italiano: “Huésped y pescados se pudren al tercer día”.

—¿Se llega a conocer un lugar, siendo turista?

—Si se está de paso conocer es difícil. Me acuerdo del Volcán Arenal, en Costa Rica, por ejemplo. Y recuerdo una vieja repodrida, que el hijo me filmaba constantemente. Cuando le dije que no lo hiciera, la vieja empezó a insultar, de manera terrible, en medio de Costa Rica.

—Quien vive en Madryn, ¿puede creer que Jonás habitó en la boca de una ballena?

—En la ballena azul entran, si no me equivoco, doce elefantes, cómodos. Pero a las grandes ballenas las mataron. Y después se las comieron los japoneses •

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